domingo, 7 de febrero de 2016

Derrota en la batalla Pilar

Ahora tengo 27 años, y he meditado arduamente -si es que tal cosa es posible- sobre sentirme como una adulta; porque sinceramente pensaba que al terminar la transición, en la cual la niñez se acaba, me "sentiría como una adulta". Pero aun no encuentro ese estado; ni sé dónde buscar.

En esta edad de la fresca adultez, el transcurso de las últimas semanas ha sido la trinchera de una lucha escondida, una batalla que ahora puedo ver claramente y que ha sido parte de un guerra interna a lo largo de mi vida. Ahora puedo contar mis derrotas.

Hace cinco años tuve que someterme a una cirugía mayor. Un día había llegado del trabajo, habré hecho algún esfuerzo extraordinario que no recuerdo; pero lo que siempre quedará muy presente en mis memorias es el dolor. Tuve tres hernias discales en mi columna vertebral que tuvieron que extirpar. En su lugar colocaron prótesis. Me recuperé muy bien y bastante rápido, tenía a mi madre en ese entonces para apoyarme, Durante el siguiente año me dediqué plenamente a mi recuperación. Hice muchísimo ejercicio, apliqué una dieta estricta e hice severas sesiones de terapia. Llevé este enorme cuerpo de 1.80 metros de altura a un peso de 92 kilos, nunca había estado tan delgada en mi vida.
Sala de espera
 Estaba convencida de que había dejado todo este episodio atrás; y lo único que me quedaba como penoso recuerdo era una larga cicatriz en mi espalda y una punzada casual en mi muslo derecho.

Detesté el proceso más que la cirugía, las consultas, los papeleos con el seguro médico, los presupuestos, los exámenes pre operatorios, los medicamentos, las salas de espera. La verdad es que nunca pensé que este obstáculo en mi vida fuese una derrota, No me sentí vencida, tenía mucha energía, era joven, tenía toda mi vida por delante, cambiaría todo y estaría bien.

Dos años después tuve que ingresar nuevamente a un quirófano. Esta vez tenía cálculos en la vesícula biliar. De nuevo el dolor que inmoviliza, los exámenes, las salas de espera. Otra vez me recuperé rápidamente. Las cicatrices no me importaban.

Me descuidé, por muchas razones me refugié en la comida, en el trabajo, en la soledad. Los últimos meses los pasé con mi familia, había renunciado a mi trabajo, quería descansar un poco, gasté todos mis ahorros en arreglar en mi algunas cosas que había desatendido como mis dientes, mi cabello, consentir a mi familia. Me acerqué mucho a mis tíos y primos, y tuvimos unas fiestas navideñas muy divertidas.

Mi prima estudiante de odontología es mi dentista

El nuevo año había comenzado, tenía pensado continuar con mi carrera cuando de repente mi columna tronó, y experimenté el dolor más fuerte que jamás sufrí. Estuve en cama varios días. Por primera vez pensé que estaba derrotada... tenía una firme sensación de que había perdido.

Entonces me di cuenta de que mi vida siempre ha sido una guerra: Cuando era una adolescente trabajé arduamente para conciliar el hecho de que me veía muy diferente al resto de las chicas. No recuerdo haber tenido algún desaliento porque mi infancia fue muy feliz, y ahora sé que esta lucha pudo haber pasado desapercibida porque fue de aliento, todos los días un poco, durante muchos años. Digo con certeza que esta batalla sí la gané.

Sin embargo durante mis años en la universidad enfrenté una severa depresión, explotó con una tortuosa crisis de personalidad que no supe cómo encarar. Tenía algunas dificultades que no acepté como normales, estaba confundida, me exigía mucho, estaba cansada. Todo revolucionó violentamente en una profunda tristeza que me paralizó. Esta fue mi primera gran derrota, mi mente fue mi enemiga, y perdí como nunca antes.

Hace casi tres años perdí a mi madre; pero puedo decir que salí completa de esta batalla, con muchas heridas mas no completamente victoriosa.

A pesar de algunos demonios internos, mi imagen, mi tamaño, mi peso no consistieron en un rival hostil; todo lo contrario, lo que la gente y la sociedad pueden retratar como defectos eran mis grandes virtudes, los hice base de mi personalidad. Hice las pases con mi aspecto, estaba en paz con los números en la báscula.

Hernia discal entre L2 y L3 

Ahora, las propias bases de mi personalidad se volvieron en mi contra, me amenazan gravemente. Nuevamente afectan mi salud, y no puedo sentir más que una estrepitosa derrota. Tuve un espeluznante episodio de desesperanza alimentado con las brasas del dolor. Ya no estoy tan triste, trato de mantenerme de buen ánimo y ocupada en distracciones artísticas; todavía estoy algo desmotivada y con la sólida noción de fracaso.

Tengo miedo, no como una niña. Como adulta siento miedo ante el fracaso.

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